
Señala el autor que el libro se gestó en un viaje al Líbano, conociendo personas variadas, muchos cristianos; otros, no. Dice: hay historias difíciles de contar a personas con esquemas occidentales.
El libro es un mosaico con muchas teselas; cuando se juntan, es posible percibir una imagen más clara sobre Oriente Medio y, en particular, del Líbano. Hay muchas historias personales; las primeras, de unas religiosas carmelitas que van desde Aragón hasta allí, por la petición de poner en Líbano un convento, debido a la necesidad de oración en ese contexto.
Dedica muchas páginas a ese país que lleva casi medio siglo entre conflictos externos e internos, que perdió una convivencia pacífica, que era un espacio de paz y que ahora vive una fuerte crisis económica, con altos niveles de corrupción y de inseguridad. Están en el ojo del huracán de luchas próximas o desarrolladas en su propia tierra. Muchas familias tienen algún muerto entre sus parientes.
A la vez, aparece la probada protección de la Virgen de Harissa y la arraigada devoción a un santo muy milagrero, San Chárbel. Al leer cuatro veces la expresión «el Líbano es un mensaje», el lector se para a pensar.
Sorprende la armonía que tenía antes de estas décadas violentas; la permanencia de familias cristianas, muchas de las cuales tuvieron que emigrar, pero de las que vuelven todos o algunos de sus miembros; y de personas que siguen viviendo allí, a pesar de tener que superar varios controles diarios.
Hay historias dolorosas por efecto de los problemas citados, pero muchos han purificado la memoria y perdonado. Entre tantos sucesos hay conversiones variadas y secuestros resueltos. Un país que, tras aquella convivencia pacífica, ahora la recupera en entornos familiares, de vecindad, etc.
Hay riesgos de martirio; a la vez, la gracia convive con el heroísmo de lo cotidiano. Hay vocaciones diversas: a la vida religiosa, al sacerdocio o a santificarse en la vida familiar y laboral; a ser sembradores de paz, a tender puentes…
Hay mucho que reconstruir; el país, que nació con una fuerte identidad religiosa diversa, tiene el reto de reconstruirse como nación, con ciudadanos que convivan y se respeten.
Entre otras realidades eclesiales, se relata la vida de personas del Opus Dei, que contribuyen, junto a otros cristianos, a que el Líbano no pierda la presencia cristiana milenaria.