
El libro tiene su origen en una conferencia a un grupo de jóvenes durante una peregrinación a Lourdes. Esta consideración me parece importante para señalar que estamos frente a una reflexión que, aunque se haya reelaborado como un libro, mantiene en sus temas e intereses un tono que dista del ensayo académico. Estamos, más bien, ante un texto que tiene mucho de informal y, en cierto sentido, panegírico.
El autor invita a redescubrir el auténtico valor y sentido de la virtud de la esperanza en un mundo en el que la cristiandad (entendida como un contexto social y cultural que comparte unos mismos valores e ideales de corte cristiano y busca articularse de modo conforme a ellos) ya no existe. Sirviéndose de la figura de Jeremías, muestra cómo la virtud de la esperanza no tiene nada que ver con que "las cosas irán mejor" o con la añoranza de tiempos pasados.
El núcleo del texto podría estar en mostrar que el centro de la virtud de la esperanza es la certeza de la presencia del Señor con nosotros y, en ese sentido, que lo que nos lleva es a abrazar la realidad presente, que es la única en la que Dios se nos manifiesta. En palabras del autor: "Cuando el mundo a nuestro alrededor nos da miedo, la esperanza cristiana no dice que nos pongamos a lloriquear porque todo va mal, ni mucho menos que sonriamos estúpidamente porque todo irá bien; no nos insta a esperar que Dios destruya este mundo para hacer otro. Nos plantea una pregunta muy simple: ¿cómo hacer de todo esto una ocasión para amar más?"
El libro está salpicado de reflexiones de interés: la unión del cristianismo con la Cruz, la importancia de no perder de vista que nuestra vida está llamada a la eternidad, el engaño de entender "felicidad" como "comodidad", el peligro de reducir la bienaventuranza a una visión "terrena" de la vida... Aunque, en general, dado el tono y el tamaño del libro, no se profundiza especialmente en ellas. Eso sí, son ideas clave explicadas con fuerza y claridad.
No falta una mención a cómo la principal fuente de nuestra esperanza está en la unión con la Eucaristía. Eso sí, respecto a esto último, personalmente hubiera preferido una mayor explicitación de la presencia real del Señor y de nuestro transformarnos en Él en la comunión. Caniard prefiere hacer hincapié en cómo la memoria de la Cruz nos pone frente al Gran Fracaso, transformado por el Amor, modelo para nuestra actitud presente.
Una opción lícita, que enlaza con un tema apreciado por el autor y que puede hacer que este pequeño opúsculo llegue más fácilmente a personas de todas las confesiones. Porque la falta de esperanza no es un problema solo de los cristianos, sino del mundo contemporáneo: y es que tenemos que aprender a amar la vida tal como es.a