
Un funcionario de un poderoso imperio adquiere poco a poco la conciencia de que quizá no esté viviendo en el más justo de los mundos. Porque sí, ese imperio se enorgullece, como todos, de ser el summum de la civilización y del progreso, y los que están frente a él, los bárbaros, no serían sino escoria de una forma de vida a abatir.
Pero ese civilizado imperio practica, a ojos de nuestro protagonista, unos modos de represión que no dejan de hacerse acreedores al calificativo que da a sus enemigos. La convicción de que quizá estos tengan cosas interesantes que comunicar, desde el punto de vista humano, se afianza en el funcionario a medida que se prenda de una bárbara a quien sus compatriotas (los del funcionario) han dejado mutilada. Y así, hasta el punto de convertirse en un réprobo.
El argumento no es quizá el colmo de la originalidad (y es fácil ver en él una parábola sobre el régimen racista de Sudáfrica), pero lo salva la exquisita prosa del Nobel de 2003.