
Hasta hace poco, Zvi era un ingeniero de setenta años felizmente casado, sin dolencias preocupantes más allá de las propias de la edad. Sus proyectos de carreteras conectaban un sitio con otro y abría túneles de luz en lo más profundo de las montañas. Pero últimamente olvida algunos nombres. Una visita al neurólogo lo confirma: primeros signos de su declive. Zvi, animado por su esposa y por el especialista, no se rendirá. Su último trabajo le revelará una de las ventajas de envejecer: con la pérdida de la memoria, aumenta nuestra capacidad de comprender lo más complejo, aquello que se esconde bajo la superficie de todas las cosas.
Genial cómo el protagonista toma el inicio de su demencia, con humildad, aceptación y dejándose ayudar, manteniendo así su salud mental, rodeado del cariño de su mujer, con la que lleva cuarenta y ocho años casado. Por otra parte, están las reacciones a la enfermedad de su entorno, y una crítica social al problema israelí con los palestinos. El final es sorprendente, como siempre este autor. Vale la pena. Un a descripción inconveniente muy leve, solo apuntada.