
El siglo XVI inglés estuvo marcado por una monarquía sin escrúpulos, violenta y egocéntrica, donde cualquiera podía ser un traidor o un espía. No es extraño que haya dado tanto material para guiones y novelas. Frente a los personajes más elevados, la corte se llenó de interesados, ambiciosos, amorales y herejes.
La Inglaterra de Isabel I era un mundo cerrado y poco innovador, con el miedo continuo a una invasión católica, donde la reforma protestante resultaba difícil de instaurar, apareciendo con numerosas sectas y contando con una red de espías a la búsqueda de católicos y otros “traidores”. Reinaba una censura férrea y no faltaba el miedo, pues prodigaban las torturas, los asesinatos y las decapitaciones o ahorcamientos.
Sin embargo, el mundo del teatro vivió su esplendor. Si bien Shakespeare constituye la cumbre, hubo otros que influyeron e incluso colaboraron en sus obras. El más importante y pionero, el hombre que cambió el teatro, fue Christopher Marlowe. Greenblatt penetra en su difícil personalidad, aunque quedan muchas lagunas por resolver.
Marlowe, hijo de un zapatero, estudió en el King’s School, de Canterbury, y posteriormente en el Corpus Christi, famoso college de la Universidad de Cambridge, donde consiguió la maestría a cambio, seguramente, de espiar en el seminario católico inglés de Reims, en Francia.
Marlowe fue un genio, pero también un provocador. Sus obras hablan del poder, el dinero, los judíos, el infierno, la violencia y el sexo con una franqueza y un descaro no vistos hasta entonces. También hablan de Dios, aunque se declaraba ateo y despreciaba la religión. Tuvo un gran éxito de espectadores utilizando un lenguaje nuevo.
Tamerlán, El judío de Malta, La masacre de París —sobre la noche de San Bartolomé—, Enrique II, donde refleja la descarada homosexualidad del rey inglés, o El Doctor Faustus fueron sus obras más conocidas, sin olvidar sus poemas eróticos y las traducciones de Ovidio. En El Doctor Faustus tuvo la idea de llevar al teatro la historia alemana de Fausto y Mefistófeles, donde de alguna forma se lleva a sí mismo para encubrir y propagar su ateísmo y el desprecio por el bien. Aquí radica la audacia, imprudencia y transgresión al ofrecer un nuevo modo de presentar la violencia, la ambición, la codicia y el deseo.
Fue una persona destructiva y no resulta extraño que muriese asesinado a los 29 años. El libro es complejo por las ideas y personajes que van apareciendo, aunque el autor, buen conocedor de esa etapa, no defiende ninguna postura y se limita a reflejar las herejías, la vida amoral de algunos de sus personajes y el odio visceral, entre algunos personajes, contra el Papa y la jerarquía eclesiástica católica.