
Es un ensayo que se sitúa en pleno auge de la llamada “teoría de la secularización”, cuando muchos daban por hecho que la religión desaparecería a medida que avanzara la modernidad. Andrew Greeley se planta con serenidad —pero con firmeza— frente a ese optimismo laicista y sostiene algo que el tiempo, en buena medida, le ha terminado dando la razón: el hombre no deja de ser religioso, aunque cambien las formas.
El autor escribe desde la sociología empírica, apoyándose en datos, encuestas y observación cultural. Su tesis central es clara: la secularización no elimina la dimensión religiosa del ser humano, sino que la transforma, la desplaza o incluso la disfraza. Allí donde se esperaba un vacío, aparece una religiosidad difusa, a veces desordenada, pero persistente. Este diagnóstico, lejos de ser alarmista, tiene un tono esperanzador: la apertura a lo trascendente sigue viva, aunque muchas veces no encuentre cauces adecuados.
El libro resulta valioso porque desmonta una idea que aún hoy se repite sin suficiente crítica: que la modernidad implica necesariamente la desaparición de la fe. Greeley muestra que esa narrativa es simplista y que, en el fondo, responde más a un deseo ideológico que a la realidad observable.
Ahora bien, no todo es igualmente sólido. Su análisis, muy anclado en el contexto estadounidense de los años setenta, puede sentirse limitado en alcance y algo datado en ciertos ejemplos. Además, su enfoque sociológico, deja en segundo plano una profundización filosófica o teológica más robusta que habría enriquecido el conjunto.