
Indiscutiblemente, Oriana Fallaci, fallecida en 2006, sigue siendo un referente del periodismo mundial. Valiente, agresiva, fuerte, “yo que nunca lloro con lágrimas” y nunca encontraba obstáculos, sus entrevistas son un modelo periodístico. Consiguió entrevistar a personajes a los cuales despreciaba sin disimulo, como Arafat o Jomeini.
Fue hábil en descubrir la manera de llegar a personalidades inaccesibles e incluso sacó partido de sus grandes fracasos, como la no-entrevista con Frank Sinatra. Sintió un profundo respeto y cariño por Benedicto XVI en una de sus últimas entrevistas, a pesar de definirse como “atea cristiana”.
La editorial ha reunido dos libros publicados con motivo de un desgarro interior: el primero, La rabia y el orgullo (2001), escrito de golpe tras el atentado de las Torres Gemelas en Nueva York, el 11-S de 2001; y el segundo, La fuerza de la razón (2004), tras los atentados de Madrid el 11-M de 2004. Son dos obras parecidas y repetitivas que se convierten en una acusación llena de rabia y sin respeto por lo que ocurría en Europa y en EE. UU., por cobardía, con la entrada de una masa ingente de musulmanes que no quieren integrarse y buscan, con descaro y superioridad, que sus leyes y costumbres sean aceptadas y defendidas en Europa.
Fallaci se lanza sin compasión contra “las chicharras”, esos llamados “intelectuales” convertidos en voceros de la “triple alianza”: políticos, periodistas y las iglesias cristianas, especialmente la católica. Es muy dura con esos políticos de izquierda que apoyan la llegada de musulmanes como oposición a la tradición cristiana de Occidente. Un buenismo que permite, por intereses más que por compasión, la llegada masiva de ciudadanos que no aceptan la democracia, la igualdad de la mujer ni los derechos humanos, y que quieren imponer la enseñanza del Corán y la sharía, incluso la guerra al infiel, como modelo de vida en una Europa basada en principios cristianos incompatibles con el islam.
El libro repite una y otra vez las mismas ideas y acusaciones. Ambos textos fueron visionarios y siguen siendo actuales. En ocasiones se centra demasiado en la política italiana, pero repite una y otra vez las mismas ideas para avisar, con mucha agresividad, de un peligro que se cierne sobre la cultura occidental.