
Es un ensayo potente, provocador y, en el fondo, profundamente incómodo. Robert Sapolsky se lanza a una tesis tajante: el libre albedrío no existe. Todo lo que el ser humano hace —decidir, amar, odiar, actuar— estaría determinado por una cadena ininterrumpida de causas biológicas, químicas y ambientales que escapan completamente a su control.
El libro despliega una enorme cantidad de ejemplos y estudios: genética, neurociencia, hormonas, entorno social… Sapolsky construye un edificio argumental muy sólido en apariencia, mostrando cómo cada decisión puede rastrearse hacia factores previos que condicionan al individuo. Su estilo es ágil, incluso irónico a ratos, y logra que temas complejos resulten accesibles.
Tiene fuerza intelectual, pero también un problema de fondo. Parte de una premisa materialista muy estricta y la lleva hasta sus últimas consecuencias, sin dejar espacio real para la libertad humana. Y aquí está el punto delicado: si no hay libertad, tampoco hay responsabilidad moral en sentido pleno. El bien y el mal quedan diluidos en una cadena de causas, y la justicia se transforma en mera gestión de conductas, no en reconocimiento de actos libres.
Sapolsky intenta ofrecer una salida práctica —una sociedad más compasiva, menos punitiva—, pero esa solución, aunque atractiva en apariencia, se sostiene sobre una base débil: sin libertad, la dignidad personal queda reducida. Desde una visión clásica, esto no es un detalle menor, sino el núcleo mismo de lo humano. Contradice directamente la antropología cristiana, la responsabilidad moral y la noción de pecado. Además, su enfoque materialista excluye la dimensión espiritual del ser humano.